LA REALIDAD (Cuento)

ALFONSO Días muere de pie, con la soga al cuello, con un olor tibio a desamparo, impregnado aún de desesperanza y retraimiento. Muere a pleno día… muere estando vivo.

-¡Nombre!
-Alfonso Días Obregón señor
-¡Edad!
-Dieciséis años señor.
-¡Dieciséis años y ya eres un criminal. Esto se debe cortar de raíz. ¡De dónde eres!
-Soy de Saucillo Grande, señor
¡¿Y tus padres?!
-Murieron señor. El ejército los mató.
-¡PLAFF!!. Vuelve a decir esa mentira y te remato a pura cachetada. ¡Mocoso cabrón!

Lagrimas tímidas brotaron del borde de sus ojos luego del tremendo golpe.

-¡No me llores maricón, aquí estamos para hacer justicia!, habla con la verdad y si eres inocente te irás caminando con tus propios pies, así que ¡Habla de una vez por todas!.

Sentado en una dura silla, Alfonso no puede mirar el rostro del hombre que está frente a él solo puede ver sus manos, el tendejón completamente a oscuras, iluminado por un reflector le pega directamente a los ojos. El mira el piso. Entrecierra los ojos para no quedar cegado. Escucha los insultos provenientes de aquel bulto que está en todos lados, ora al frente, ora atrás, ora de lado. Siente los golpes tanto físicos como verbales. Al frente solo unas manos, unas manos lanudas, gordas, mugrientas.

“Estábamos yo y mi hermano en la loma arriando las vacas cuando oímos un ruido abajo en el pueblo. ¡Pum!, ¡Pum!,¡Puuuum!,sonaba, yo no sabía qué era eso, mi hermano me miró con la cara llenita de duda, así que lo dejé cuidando las vaquitas y yo carreras abajo. Al aproximarme, un montón de camiones verdes entraba en el pueblo, lleno de gente con trajes militares, unos disparaban al aire, otros apuntaban a las gentes que corrían a esconderse cargando las guaguas en los brazos o a quienes se asomaban por las ventanas. Los coshcos se reían y bebían en los camiones. Yo me escurrí como pude, sin ser visto, me arañé en matorrales y pencos, pero seguí por el canal de riego tratando de llegar a la casa. Escuché muchos gritos y llantos en el trayecto, dentro y fuera de las casas, les acusaban de ser sediciosos, decían, de ser narcos, decían, de ayudar a la guerrilla, decían, entonces les jalaban a media pampa, y una vez allí ¡pum! en la cabeza, ¡pum! en el pecho, había mucha desesperación, mucha sangre por todas partes. Cuando todo era un caos y la desesperación se mezclaba con los gritos, me levante de mi escondite y corrí abiertamente a mi casa, por todos lados cuerpos tirados. Llegue a mi huerto y no pude contener el llanto al ver a mis padres tirados frente a la casa, ambos con sendos tiros en la sien, me acerqué y los toqué, aún estaban calientes y sus manos estaban entrelazadas tan fuertemente que parecían una sola, una sola mano de diez dedos en total desorden. Escuché un grito en el interior. ¡Maida! grité y desesperadamente entré en la casa, el grito provenía de atrás, así que pasé por la cocina y agarré el cuchillo con que mi madre destripaba el pescado y el pollo, lo agarré por el mango destartalado, lo agarré tan fuertemente que me sangró la mano. Cuando llegué a la chacra de atrás, un milico gordo y barbón le arrancaba a mi hermana Maida sus ropas, mientras que ella trataba de despojarse de sus crueles fauces forcejeando, llorando, gritando. -¡Déjala maldito!-, le grité al mismo tiempo que me abalanzaba sobre él, hundiéndole el cuchillo hasta el mismo mango, como cuando le maté al chancho de Don Guevara, así mismo le hundí a ese miserable, como a un puerco. Cayó ahí mismo, frente a mí haciéndome muecas, pero logro lanzar a mi hermana a varios metros resonando un golpe seco al pegar su cabecita en la roca, y allí quedó ella también tirada en media chacra, lluchita, como dormida… Yo no sé cuánto tiempo estuve allí observándola, con el cuchillo en la mano, con la ropa ensangrentada, así que cuando ellos (o sería mejor decir cuando ustedes) llegaron y me golpearon y me patearon, no ofrecí resistencia, pues no sentí sus golpes, ni sus puños, ni sus patadas, no sentía nada. Me sacaron agarrándome uno de cada brazo. Pero vi aquel carro que ya no era verde sino mas bien rojo por la sangre de los cuerpos que llevaba, formando toda una montaña humana, y lo último que divisé, fue la sangre que salía de las fosas de mi hermanito tendido en el collado de cuerpos, antes de retomar nuevas fuerzas, tan llenas de ira, que de un solo tirón logré liberarme y agarrar una de esas, como se llaman… metrallas creo, que tenía mi acompañante y solo aplasté ese gatillo una vez y no levanté el dedo de allí. -¡Hijueputaaaaaaaas!- grité al sol, a los milicos, a la nada… mientras me moví sobre mis talones y ellos caían como moscas, luego vi todo negro, hasta que abrí los ojos y me encuentro aquí con ustedes. Eso fue lo que pasó. ¡Por diosito que eso paso!”
-¡Ahhhh!. Con que confiesas todo no. ¡Eres un maldito Criminal!.¡PLAFF!, ¡PLAFF!
-¡Usted juzgue! Señor.
-¡entonces eso eres, y te castigaremos con todo el rigor que este estado contempla!. ¡La Muerte!
-¡Como voy a decirle que me juzgue usted señor, si fueron ustedes mismos quienes asesinaron y mataron a toda esa gente inocente de mi pueblo, así que, como no quieren testigos y además tienen un chivo expiatorio a quien echarle culpas ajenas me matarán! ¡no es cierto!
-¡Cállate imbecil!. ¡PLAFF!, ¡PLAFF!, ¡PLAFF!

-¡Jja-ja-ja-ja!, ¡Déjalo Quezada!.- Por vez primera, la voz como emergiendo de aquellas rechonchas manos, resuena en la habitación.- Me salió inteligente el campesino este.
-¡Si mi General Acevedo!
-Quezada, amordázalo y ponle un pasamontañas, la prensa está afuera y quiero dar una buena impresión.
-¡Si mi General!
-Ahhhh, y Quezada…
-General…
-Deshazte de esa cinta… la de la confesión.
-¡Si mi General!

Alfonso siente cuando Quezada lo amordaza, le coloca un pasamontañas y le pega de lleno en los riñones haciéndole doblar las piernas. Siente que la puerta se abre y salen de ella, siente unas manos que le agarran por los brazos, otras del cinturón, sienten cuando lo llevan afuera y siente como una lluvia de flashes le resuenan en la oreja.

-¡General cuéntele al mundo lo sucedido…!. Escucha…
-¡General es verdad que aprehendieron al principal revolucionario…!
-¡General quien es el prisionero…!
-¡General esto… General aquello.!
-Calma señores periodistas, es verdad, hemos dado un duro golpe a la delincuencia común el día de hoy. Hemos atrapado al número uno del grupo de las Fuerzas Armadas de Insurrección Clandestina FAIC: Alfonso Días, un hombre de vasta experiencia en las sendas de la guerrilla, adiestrado por los mejores guerrilleros en Medio Oriente. Autor intelectual de una serie de atentados y asesinatos, vinculado con el narcotráfico, y autor confeso de la masacre en el poblado de San Jacinto, donde perecieron gente inocente en manos de las FAIC, por ser campesinos, por ser pobres, por no prestarles ayuda a estos criminales, fueron ellos las víctimas. Es por eso que debemos dejar grabado un precedente que extermine de una vez por todas y de raíz a todos estos insurrectos criminales. Por tanto le aplicaremos a éste, la mayor pena que las leyes regionales confiere según estos casos: La muerte por ahorcamiento…

Las personas congregadas, periodistas y autoridades, escuchan con atención el discurso del general. Esas mismas palabras ingresan en los oídos de Alfonso Días, junto con los aplausos y vítores al gran General Acevedo próximo candidato a la Presidencia de la República.

El momento mismo que el cuerpo de Alfonso Días cuelga a dos palmos del suelo, el General Maximiliano Acevedo está brindando una fiesta en su mansión de la capital, y esta estrechándose las manos con los máximos representantes de la derecha del país, entre ellas las autoridades norteamericanas.

FIN

CUALQUIER SEMEJANZA ENTRE ESTA HISTORIA O SUS PERSONAJES Y LO QUE SUCEDE COTIDIANAMENTE EN CUALQUIER PAÍS DE AMÉRICA LATINA ES PURA REALIDAD…

©Patricio Sarmiento Reinoso

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Acerca de Patricio Sarmiento Reinoso

Poeta, escritor, blogger ecuatoriano Ver todas las entradas de Patricio Sarmiento Reinoso

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