La Venganza


Se secó el sudor del cuello y rostro, y sin perder tiempo comenzó a cavar. La subida a la montaña lo dejó sin aliento, pero sabía que no podía darse el lujo de descansar. Casi era medianoche y no tenía suficiente tiempo. La tierra estaba dura y seca, pero el aliento intenso y mojado le daba la impresión de empapar todo en su entorno, su cabeza le daba vueltas y el sentimiento de injusticia y venganza comenzó a flotar nuevamente, como emergiendo de su dolida interioridad, merodeando cada instante de su vida.
— ¡Negro maricón ve a limpiar los caballos!
—Sí patrón.
— ¡Negro, trae agua del río!
—Sí patroncito
—¡¡Negro Cabrón!!
—Sí patrón
—Sí patrón
—… ¡patrón!…

Las gotas de sudor se mezclaban con el polvo levantado por la pala, estaba seguro de que ese era el lugar preciso y cavaba con fe. La noche estaba fresca, y la luna alumbraba su trabajo, iluminaba su espalda ancha y maciza sembrada de cicatrices, cada una de ellas eran producto del látigo y el dolor: La firma del Patrón en su cuerpo.
—¡Negro de mierda, ¡toma! por haber hecho esto…. ¡toma por esto otro!…
—¡No patrón!…
—¡Toma!…
—¡Perdón patroncito!
—¡Toma!…
—¡¡Ayauuuuuuuu!!
Pensó en su madre, que nunca se recuperó, luego de que el patrón se cansó de ella y le propinó una paliza que la dejó como vegetal, viviendo de los encandilados recuerdos de sus amores de juventud con el patrón. Esto hizo que se desbordara la ira y la rabia que, durante mucho tiempo se acumuló en el baúl del corazón, la furia desbordante de los que nacen con el estigma de la humillación, de los que crecen bajo el yugo esclavizador, de los que heredan el dolor por el color, de los que viven sumergidos en el temor. Pero él no era más un niño a quien intimidaba el azote y la fusta, la patada y el golpe. Él creció en ese mundo, convirtiéndose en toda una bestia de carga para el patrón, se endureció con tanta virulencia que se alimentaba con la idea esperanzadora de la libertad, con la venganza.
El domingo, como todos los domingos, llegó el patrón ebrio y violento, con fusta en mano arremetía a cuanto esclavo se le cruzaba por el camino, sus amigos, carcajada en labios, iban tras de él alentándole a cada golpe, vivando su maldita cobardía. Él lo observó llegar, apretó los puños y se mascó la lengua hasta hacerla sangrar para dominar su ira. Entró.
— ¡Venancio!..¿¡Donde estás negro cabrón!?
—Mande patrón —Dijo con los ojos clavados en el piso, y las ganas de asesinarlo, en el estómago.
—Sácame las botas y llévalas a limpiarlas.
—Si patrón
—Es que hoy pise mierda… pise a un negro…Ja, Ja, Ja Ja!!

Venancio con la cabeza gacha, sudando de rabia agarró las botas y se dirigió hacia el cuarto del patrón, iba a limpiarlas hasta que brillen, hasta que su misma ira se vea reflejada en la limpieza de sus botas. « Algún momento me la pagarás patroncito, ¡Eso te lo juro! ¡Por taitita Dios que te lo juro!». Una vez que terminó la tarea, se asomó con cuidado y observó que su patrón dormitaba en una de las butacas de la sala, muy despacio y en puntillas se acercó hacia la mesita de noche junto a su cama y abrió la gaveta, eligió un pañuelo rojo que el patrón llevaba en el cinto cuando iba a misa una o dos veces al mes, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el regazo, salió tratando de hacer el menor ruido posible, atravesó la sala que era un campo de cuerpos tendidos en cualquier parte, pasó por encima de algunos de ellos, pisando descalzo vómitos y licor regados por el suelo, un sopor crudo y displicente se apoderó del ambiente, de todo, de él mismo. Al salir, firmó con un escupitajo subrepticio la puerta de aquel atrio en donde, más de una vez murió, resucitado solamente por la ansiedad inexpugnable de una venganza que le lavaría el corazón algún día.
Sus pasos se apresuraron directamente hacia la cabaña del negro Timoteo. Aquel que sin serlo, era su padre y consejero, el que lo regañaba y lo cuidaba cuando rara vez se enfermaba, el que lo curaba luego de las garrafales palizas que le propinaba el patrón, dejándole muchas veces al filo de la tumba, quien lo había sanado una y otra vez mediante sus pociones de hierbas maravillosas y brebajes terapéuticos. Fue él quien le inició en las artes de la curandería antigua, la magia negra y blanca, quien le enseñó a escribir y a persignarse.
—Timoteo —graznó mientras cerraba la despotricada puerta de la cabaña. — Donde estás Timoteo. Un silencio sepulcral se mezcló con la oscuridad del recinto. Siguió avanzando a tientas. Timoteo… Timoteo.
Unas manos le frenaron en seco. — ¿Qué haces aquí muchacho?— preguntó la voz desde la oscuridad. Una chispa de luz primero, y luego con la flama de la vela Venancio miró por fin los oscuros ojos del viejo. Un negro decrépito y macilento apareció ante él, con el mismo bastón de eucalipto con el que muchos años atrás, cuando era pequeño, lo conoció. Timoteo le tomó por el brazo e hizo que se sentara en la única silla de la pieza, él tomó asiento en la cama donde momentos antes, dormía plácidamente.
—Que te trae por aquí hijo mío — dijo mientras observaba la frente del muchacho perlada de gotas de sudor a la luz de la vela. — Algo importante debe ser para despertarme a esta hora de la noche.
—Si taita Timoteo —exclamó el chico con la emoción contenida en la garganta. — Al fin lo tengo… Al fin.
—Tienes que hijo, no entiendo
—Tengo una prenda del patrón — sacó el pañuelo, que por la irradiación de la flama se lo veía en tonos violáceos y negros. — Al fin pondré en práctica tus enseñanzas y por fin me vengaré de ese inmundo patrón que tenemos.
—Venancio las enseñanzas que yo te he dado no son para que la impongas en venganzas de ninguna clase —Se incorporó lentamente apoyado en su báculo y empezó a caminar por la pequeña pieza. — La misma vida se encargará de castigar a quien obró de manera negativa en la misma. Debes ser mucho cuidadoso con lo que has aprendido, pues no lo dominas y desconoces la fuerza que trae consigo, pues puede arrastrarte hasta terminar ahogado en tu propia sed de venganza.
—Yo entiendo todo eso Timoteo, pero tú mismo me has enseñado que cada uno debe tomar sus propias decisiones y de esta manera escribir su propio destino. Yo ya he tomado mi decisión. El viejo cerró los ojos recriminándose el momento que puso esas ideas en la cabeza de un muchacho que solo se guía por el instinto pueril de adolescente y no se detiene a meditar las consecuencias que aquello podría acarrear.
—Está bien — dijo luego de una pausa el viejo. Las arrugas de su cara y cuello se remarcaban y acentuaban aún más con el claroscuro que imponía la pequeña luz. —Tú sabes a lo que te atienes, ya que tienes plena conciencia de ello. Venancio asentía en silencio con cada explicación que le daba Timoteo.
—Primero debes iniciarte con la purificación, para que tu alma no vague encadenada a ningún vínculo terrenal luego de tu partida, y no quiera también tomar venganza en contra tuya.
—Yo no moriré— dijo el chico.
Timoteo lo desvistió completamente y profiriendo un sartal de palabras inentendibles e inició el rito. Sus esqueléticas manos se posaron en la cabeza de roca de Venancio, lo ungió con un fétido líquido gris verdoso y lo bañó en aguas heladas con las hierbas de la conciencia. Venancio no cabía en gozo, pues al fin el patrón pagaría todas sus maldades y pagaría por lo que le hizo a él y a su madre. Con su agitación ni siquiera prestaba atención a las indicaciones de Timoteo. El ritual lo conocía de memoria, una y mil veces vivido mentalmente, machacado interiormente y aderezado con la furia propia del esclavo.
—Ahora puedes fabricar el muñeco—indicó Timoteo. — Toma el pañuelo y confecciónalo a tu modo pensando en el patrón en todo momento, por ningún motivo lo desvíes de tu mente mientras lo fabricas.
—Eso será fácil — dijo esbozando una sonrisa amarga. — Siempre lo llevo aquí mesmito.
—Una vez que esté concluido— continuó el viejo. — Pínchate el dedo índice de tu mano derecha y coloca una gota de tu sangre en la frente del muñeco, esto marcará tu responsabilidad en el acto que vas a realizar. Dirígete a un lugar por donde sepas que va a pasar al día siguiente, excava un agujero hasta una profundidad de un metro y entierra el muñeco punzado por una aguja en el corazón rezando un ave maría. De ésta manera cuando el patrón pase por ese lugar él morirá, y nadie sabrá que fuiste tú quien lo hizo. Por última vez chico, desiste de este plan, él pagará todo el mal que haya hecho, pero no te involucres tú, pues podría ser contraproducente…
— ¡Noooo¡— vociferó.— No me pidas eso por favor, si lo único que quiero es verlo sufrir, así como él lo hace con todo nosotros, tú más que nadie lo sabe Timoteo,¿ aún así lo defiendes?
—No es que lo defienda pero…
—No por favor viejo, ya está decidido.
—Era mi deber prevenirte.
Salió y el viento del norte lo golpeó directo en el rostro, caminaba rápidamente, repasando mentalmente todos los pasos del ritual, exprimía con furia el pañuelo en su mano. Cuando se dio cuenta ya cruzaba el campo de maíz con veloz carrera hacia su casa. Agitado y con el corazón repicándole el pecho entró en su choza. Su madre yacía eternamente inerte en vida en un diván al fondo del único ambiente del chozón, dividido únicamente por un cancel de madera creando el entorno personal que constituía su cuarto. Se encaminó directamente a su cama y empezó su obra, reía copiosamente, y se imaginaba al patrón tendido en la montaña donde era seguro que iría al siguiente día. Rápidamente confeccionó una pantomima de muñeco, la misma que terminó con un punto de su sangre en la frente del muñeco, según las indicaciones de Timoteo. Salió, tomó la pala y corrió hacia la montaña para enterrarlo.
Una vez que excavó lo indicado por Timoteo, procedió a punzar el corazón su corazón. — Hasta nunca patroncito. ¡Ja Ja Ja!— Lo colocó hasta el fondo y sin perder tiempo empezó a tapar el agujero — Dios te salve María… vas a morir patrón… el señor está contigo…pagarás por todo…bendita eres…creíste que eras inmortal… ¡pues no carajo!…santificado sea tu nombre… ¡Ja Ja Ja!…bendito sea el fruto…ya no harás más daño. Se incorporó y pisoteó el montículo final.
Era pasada la medianoche cuando estuvo de regreso en su barraca, entró y miró a su madre inmutable en el diván. Le tomó la mano y sintió su corazón a través de ella.
—Ya está hecho mi negrita— le susurró. — Realicé el ritual y mañana mismo morirá ese canalla que tanto mas no hizo. Él tenía la certidumbre de que ella lo escuchaba, y le relató por entero lo que había hecho. Fue hasta su cama y se acostó, pero no tenía sueño, lo único que quería era apresurar las horas, que la noche pase de una vez por todas, para ver hecha realidad su venganza, aquella por tantos años fue echando raíces en su corazón y que ahora podía cosechar. Dormitaba en su lecho cuando un ruido lo despertó súbitamente y se incorporó de un salto. Observó una sombra que se aproximaba, tomó lo primero que pudo para lanzarse al ataque, hizo el ademán para lanzarle el pesado jarrón cuando una lengua de luna se filtró por una fisura de la cabaña y la vio, allí estaba su madre de pié, como nunca hubiera imaginado ver, luego de tantos años en ese estado vegetativo, sin la menor esperanza de recuperación. El jarrón se estrelló en el piso haciéndose añicos, él saltó junto a ella justo a tiempo antes de que sus débiles piernas flaquearen. Ella se sentó en el diván y sus ojos marchitos lo miraron de ito en ito.
—Mijo, pero que has hecho— le dijo con un timbre casi inaudible. — no debiste hacer que el mal se apodere de ti, no debiste contaminarte de él, yo jamás te enseñé esos ritos que inducen a resquebrajar tu alma. Mijo el hombre a quien matarás… e-s t-u p-a-d-r-e… Y se hundió en el mismo estado de muerte en vida. Venancio creyó enloquecer, la cogió por los hombros agitándola — ¡No puede ser! ¡Noooooooo!. Dime que no es cierto mamá ¡Mamaaaaaaá!— Salió y sintió las gotas de lluvia mojando su rostro. Corrió hasta la mitad del campo sintiendo que la sangre le galopaba en las sienes, expulsó toda ese amasijo de confusión y rabia que emponzoñaba su ser. Lloró su suerte al viento y la lluvia.
— ¡Porqueeeee!!!!!
Las primeras luces del amanecer pintaban el campo, corrió hacia la montaña para interceptar al patrón, para matarlo con sus propias manos… para abrazar al padre que nunca tuvo… para dejar de sentir el confuso sentimiento que le abrasaba las entrañas…
«No puede ser… porqué Dios me castiga de esta manera. Porqué me golpeas vida». Ascendía hacia la montaña y la lluvia le lavaba las lágrimas que emanaban a raudales de aquellos ojos ciegos, la claridad entera empezaba a tomar posesión del nuevo día. Desde la lejanía observó la multitud que se arremolinaba en torno al lugar donde instantes antes cavó, enterró y tapó. Al llegar, una sensación de fuego le empezó a quemar la frente…
El viejo Timoteo llegó bien avanzada la mañana. Encontró dos cuerpos inertes al borde de la carretera, la gente comenzaba a marcharse. El padre con una herida mortal en el pecho. El hijo con su negra frente inundada de sangre.
«Te lo advertí» pensó…

© Patricio Sarmiento Reinoso

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Acerca de Patricio Sarmiento Reinoso

Poeta, escritor, blogger ecuatoriano Ver todas las entradas de Patricio Sarmiento Reinoso

One response to “La Venganza

  • cielo claro

    Buenísimo, un gusto leerte, dejas que el lector se meta dentro del relato… tienes un magnífico don para escribir. Ha sido un placer leerte. Te dejo mis abrazos.

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