EL ROBO (De: Cuentos de pueblo)

A fin de cada mes, las tormentas del cobro volvían a repetirse. No sentíamos la alegría de cobrar nuestro salario, sino que al contrario, sabíamos que para ello debíamos una vez mas confrontarnos con esos ojos frío y siniestros del administrador, que machete en mano, muy de mañana llegaba al hospital del pueblo, y llenaba el recinto con toda clase de gritos con esa estertórea voz que nos hacía correr escalofríos por la espina dorsal. Iba blandiendo el machete por todos los rincones, buscando algo que hiciera que su ira mensual se vea aumentada. Cualquier cosa era válida: polvo en los muebles, o café derramado en la mesa de la cocina.

— ¡Que carajos es esto! — gritaba mientras con los dedos índice y pulgar escrutaba cada escondrijo del hospital en busca de algún miligramo de polvo. — ¡Nadie va a cobrar hoy!

Y continuaba por todo el edificio marcando aquellos lugares que según él, serían susceptibles de algún castigo verbal o económico. Todos lo rehuían y lo evitaban hasta la tarde cuando cobrábamos nuestra mesada, no sin antes escuchar cualquier sermón corto o largo, pero inexpugnable. Los únicos que parecía a salvo de éste trauma al cobrar, eran los médicos, que aunque a regañadientes, les pagaba sin chistar.

— ¡Ahhhhh, con que me está ocupando demasiado papel!— me incriminaba cuando tocaba mi turno de cobrar.— La próxima le debito de su sueldo.

Yo estaba acostumbrado a su carácter rígido, exaltado y fogoso, casi histérico. El administrador ya llevaba media vida dentro del hospital cuando yo llegué, mis compañeros me advirtieron sobre sus marejadas de mal genio, pero pronto empecé a convivir cotidianamente con ellas– pues mi oficina colindaba con la suya– escuchaba sus continuos ataques de amanecer que, por una u otra razón, me indigestaban la mañana, por las tardes rara vez lo veía, cosa que me alivianaba el día, pero los peores días eran los de pago, o aquellos en los que, una vez cada tres meses, venían los jefes de la ciudad. Todo el personal debía mantener en total estado de asepsia en cada rincón del edificio, y ponía especial cuidado con el personal de la cocina, y la comida, pues cuando llegaban las autoridades les ofrecía sendos banquetes a los cuales estaban únicamente invitados ciertos médicos y claro, él mismo tomaba parte de los convites. Cada año para las fiestas de fundación del hospital, mataba un cerdo que criaba con mucha reserva en los patios del mismo, pues llegaban las autoridades desde la capital y no podía perder la oportunidad de demostrar su ´buena voluntad´. Ese año, como todos, el chancho estaba mas inflado que un globo, faltaban pocos días para el festín y su esmero iba en aumento mientras pasaba el tiempo, y diligentemente dejaba todo a punto para quedar bien con los altos jefes una vez mas.

Esto no puede continuar — me decían mis compañeros— ésta es una entidad pública y por tanto todos debemos participar de lo que con el dinero del pueblo se compra, como va a ser posible que solo unos pocos disfruten siempre de ese agasajo.

—Es cierto —opinaba otro.

—Debemos darle una lección

Nos reunimos en secreto una tarde en la que no estaba y resolvimos luego de una serie de discusiones, en darle una lección que siempre recuerde, así que se arguyó un plan que pondríamos en marcha esa misma noche, con la complicidad de la mayoría del personal del hospital, lo planeamos hasta el mínimo detalle para no ser delatados o incurrir en equivocación alguna.

De esta manera, el plan para robarnos el robusto puerco, hubiera sido todo un éxito, si no hubiera sido porque el agujero para sacar al animal fue hecho desde adentro del patio, y por tanto el material excavado estaba amontonado en el mismo junto al orificio. Llevaron al animal fuera del pueblo, hacia una comunidad cercana para que sea preparado.

Al día siguiente el administrador llegó como siempre, y a la carrera dio varias indicaciones para que se prepare la comida, pues los jefes iban a llegar de un momento al otro.

— ¡Marcial! Lleva al cerdo para que lo preparen

—Patrón, tengo una mala noticia para Usté.

— ¿De que me hablas pues mierda?

—Se robaron al puerco patrón.

—¡¡ ¿Qué?!!— gritó en seco. Un espumarajo de cólera apareció en las fisuras de sus labios. — ¡Quién carajos ha sido!, ¡Marcial te voy a matar!

—Yo no se patrón, fue durante la noche y…

— ¡Para que carajos te he contratado pues!, ¡No me sirves para nada!
Fue al lugar donde se encontraba el animal y lo inspeccionó transfigurado por la ira, maldiciendo a quien se asomaba, culpando a cada persona que se encontraba por el camino, pues era demasiado evidente que el robo fue realizado desde adentro de las instalaciones.

— ¡Uno de ustedes me ha robado!— gritaba con el rostro en llama viva. — ¡Ya verán lo que les pasa!

Indagó en todos los departamentos de la entidad, trazando una y otra teoría, culpando del robo a quien mas podía. Se dirigió a poner la denuncia al comisario del poblado, quien le refirió que al ser un problema interno institucional, no tenía jurisdicción en el mismo. Acudió donde el párroco y le relató lo ocurrido.

— Robar en una entidad dispuesta al servicio comunal— continuó en tono compungido. — En un organismo de ayuda social, es robar al pueblo mismo, los recursos que le pertenecen por derecho propio, y que nosotros estamos en la obligación de cuidar padre.

—Es cierto hijo mío— replicó el párroco. — Pero ten la completa seguridad de que dios intervendrá con su justicia divina, y el pueblo saldrá favorecido.

—Dios lo escuche padre.

Salió a reprogramar la comida, contratando platos de sopa condimentados al apuro, platos fuertes con cualquier tipo de carne, y postres elaborados a las volandas. Es así que finalmente se sirvió el convite a las autoridades, entre presiones y gritos del administrador que quería verse tragado por la tierra, ya que la comilona no estaba a la altura de otras ocasiones y ahora la vergüenza y la ira hacían presa de él al verse burlado por un puñado de comunes ladronzuelos, según él mismo decía.

La furia le duró hasta algunas semanas después del incidente, el mismo que poco a poco fue cobijándose en el olvido. Solamente luego de varios años y en una reunión de camaradería, le confesamos que las personas que lo planificamos todo fuimos nosotros, y que esa misma noche tuvimos un gran festín como nunca antes, que al son de las guitarras junto al fuego cantamos, bebimos y comimos hasta saciarnos con el rollizo puerco, y que compartimos ese botín junto con el comisario y el párroco del pueblo. Todo a su nombre.

El administrador con una sonrisa sincera en el rostro solamente asintió diciendo: «ha de ser, ha de ser…».

© Patricio Sarmiento Reinoso

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Acerca de Patricio Sarmiento Reinoso

Poeta, escritor, blogger ecuatoriano Ver todas las entradas de Patricio Sarmiento Reinoso

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