el recién llegado

En el pueblo, todos hablaban del recién llegado, y querían visitarlo. Ángel, mi hermano menor, y yo, también queríamos ir, pero nuestros padres nos prohibieron que nos acerquemos a la casa parroquial donde él se encontraba, porque querían evitar el barullo de la muchedumbre, que se apelotonaba a sus puertas.

— ¡No sé por qué tanto alboroto! ¡No es más que un mocoso!—replicaba mi padre cada vez que se hablaba de él en la casa.

Por las tardes jugábamos con una vieja pelota de trapo en la plaza del pueblo, junto con mis amigos Daniel y el Pepo. El Pepo me llevaba como dos años, y por tanto era el jefe de la banda, luego le seguía yo, luego Daniel y por último Ángel, el más pequeño de todos. Aquella tarde el Pepo me dijo que debíamos ir a ver al recién llegado. Mi hermano me miró con una cara de susto por la advertencia de nuestros padres, pero yo no iba a hacer notar mi temor frente a los demás y sobre todo frente al Pepo, así que le dije a mi hermano que iría con ellos, y que él debía regresar a casa, pero cuidado con contarle a papá a donde nos fuimos. Ángel dio un paso hacia atrás y cruzando los brazos se mostró inmutable en su repuesta:

— ¡Iré con Ustedes!

De manera que a regañadientes tuvimos que llevarlo con nosotros.

Rodeamos la Casa Parroquial y nos adentramos en una vieja construcción que colinda con ella, unas paredes vetustas se expusieron ante nosotros, el Pepo sabía exactamente a donde debíamos dirigirnos, así que lo seguimos al tercer piso, fuimos hacia la ventana y observamos una viga desmigajada por las lluvias de mayo, que atravesaba a manera de puente entre la ventana de esta edificación y la terraza de la otra. Miré a mi hermano y noté que el temor se apoderaba de él. El Pepo fue el primero en atravesar la viga, la cual vibraba con cada paso, pero lo hizo con gran agilidad y ligereza, por tanto noté que no era la primera vez que lo hacía. Luego cruzó Daniel, lento pero lo logró, me volví hacia Ángel y le dije que no tenía que hacerlo, que pronto íbamos a regresar y que nos esperara en ese sitio, él a pesar del miedo que sentía se mantuvo firme en el deseo de continuar con nosotros. Miré al Pepo que empezaba a poner una cara de impaciencia, me volví y le di algunas instrucciones a Ángel antes de iniciar su paso por la viga. Le dije que pusiera un pie frente a otro, que fuera despacio, tranquilo y sobre todo sin mirar hacia abajo. Ángel inició su travesía, se posó en la viga, y empezó a deslizar sus viejos zapatos sin levantar los pies, le dije que se calme, puso sus brazos en forma de avión y continuó su recorrido. El Pepo y Daniel observaban con incertidumbre desde el lado opuesto, mi corazón saltaba como el tambor y no me decidía si seguirlo de cerca o esperar a que llegue al otro lado para pasar. Cuando había recorrido un poco más de la mitad, un viento cruzado, hizo que Ángel pierda el equilibrio, su cuello, tenso como una cuerda, hizo visible su vena yugular por el esfuerzo de mantenerse en pié, le grité que se tranquilizara y que se sentara en la viga, él balanceaba sus brazos en constante ademán para mantener el equilibrio — ¡Me caigo!— gritó, y en un pestañeo, estaba tendido en la calle diez metros abajo. Me quedé paralizado por completo, no hubo ruido al caer, ni gritos, como suele pasar en las películas, nada, solo el cuerpo de mi hermano tendido allá abajo.

Mis lágrimas empezaron a aflorar de manera incesante, y miré que mis amigos del frente habían desaparecido, seguro fueron en busca de ayuda. El shock me duró unos cuantos segundos, cuando reaccioné, me encontré escaleras abajo, abalanzándome hacia la calle. Salí y tropecé con el cuerpo de mi hermano, estaba boca abajo y de su oído derecho salía un hilillo rojo que formaba un pequeño charco brillante en la calzada, muchas personas empezaron a rodearnos con un griterío de mercado, iba a tocarlo, a levantarle la cabeza, a voltearlo, pero alguien de la muchedumbre me gritó que no lo hiciera. Me detuve en seco, sentía una presión en el pecho que no me permitía respirar bien, era una sensación de culpa y desesperación. De pronto, allí estaba él, delante del Pepo y de Daniel, lo reconocí de inmediato pese a que nunca lo había visto, llevaba una camiseta blanca, unos pantalones desteñidos y unas sandalias, no era mayor a nosotros y su estatura era más bien baja, sus ojos parecían tener una tristeza infinita y cuando miró a mi hermano, se llenaron de lágrimas. El Recién Llegado se abrió paso entre la multitud y vino hacia nosotros, el Pepo me agarró por el brazo y me alejó unos pasos, él se inclinó junto a mi hermano y tocándole la espalda, empezó a llorar profusamente pero en silencio, un olor a rosas recién cortadas se apoderó del ambiente, cuando sus lágrimas cayeron sobre mi hermano, no pude evitar llorar yo también, y noté que muchos de los presentes también lo hacían, incluyendo a mis amigos.

Él continuaba arrodillado, mojando a mi hermano con sus lagrimas y emanando ese aroma dulce de rosas, al momento, mi hermano empezó a moverse, alzó la cabeza, se fue incorporando lentamente y se puso de pié, yo conteniendo la respiración, no podía creer lo que estaba viendo, mi hermano Ángel estaba sano y salvo, lo abracé conjuntamente con mis amigos en una explosión de júbilo y risas nerviosas, los aplausos resonaron en un constante tableteo abrumador, mi hermano no podía recordar nada de lo que había pasado, excepto ese aroma de flor que lo envolvía completamente, me volví para agradecerle al recién llegado, pero éste se había marchado.

Entonces comprendí el porqué de la muchedumbre alrededor de él, muchos de ellos enfermos, paralíticos, tísicos, miserables, corruptos, agónicos, desvalidos y lisiados, el porqué de sus ojos tan tristes y llenos de lágrimas, y supe además que aún existen ángeles vivos en el mundo, algunos que lloran lágrimas de flor para curarnos.

Agarramos nuestra pelota de trapo, y continuamos jugando en la plaza del pueblo hasta la hora de la cena.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

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Acerca de Patricio Sarmiento Reinoso

Poeta, escritor, blogger ecuatoriano Ver todas las entradas de Patricio Sarmiento Reinoso

2 responses to “el recién llegado

  • Maria Liberona

    Me ha encantado la historia , me ha dejado con una sensación extraña quizás una mezcla de tristeza y alegria ….
    pero es verdaderamente cierto …

    aún existen ángeles vivos en el mundo

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