Archivo de la categoría: microcuento

Errante…

 

Me suspendo en la noche, con una cuerda de cristal atada a mi pecho. Soy un clavo huérfano de crepúsculo, una piedra nocturna que no respira ni siquiera cenizas, un vidrio bohemio y enmohecido de silencio, un estertor sin saliva.

Vago errabundo, con el corazón deshabitado, sobre las horas enconadas del día. Llego a la puerta de tu casa y no me atrevo a tocar, siento mil hojas de navaja cortando la sangre negra de mi torrente, un frío vertical, una penumbra con el salobre color del olvido.

Le doy la vuelta a los segundos que pasan, ansío beber tus ojos nuevamente, ansío tu perfume congelado en mi garganta, tus pechos resurrectos sobre los míos. Sé que no sucederá nunca más. Te fui infiel. No perdonarás.

Regreso con el pecho despeñado, con la desvanecida cerrazón de tu recuerdo escudriñando mi sombra. No miro hacia atrás, pero sé que algún ojo me miró la espalda caída. Tal vez ella. Tal vez…

 

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Informe (Cuento)

Es inmenso el mar” piensa, mientras lo toca con el dorso de las pupilas, escudriña la grandiosidad del firmamento que, a lo lejos, parece fundirse con el eterno oleaje, en una horizontal mirada de eternidad en aquel vasto rojo y espeso ocaso. Mira ahora al ahogado, inerte, como en espera de que lo lleven a enterrar, si pudiera le preguntaría dónde quisiera que lo entierren, seguro le contestaría que no lo molesten, que se siente a gusto allí, movido por las olas, sintiendo el dulce cosquilleo de la arena, pero se calla antes de hablar. ¡Loco! Le hubieran dicho, hablándole a un muerto. Si supieran que simplemente se adelantó.

Imprime órdenes a sus sub alternos dirigiendo la investigación, que tomen huellas, que recaben evidencia, que trasladen el cuerpo a la morgue; escucha los llantos sordos de la familia que se mezclan con la espuma blanca de las olas, mira las cintas amarillas de prohibido el paso y conversa con la gente del lugar, Estaba muy contento, le cuentan, hacía gala de ser un excelente nadador, nos dijo que nadaría de aquí a la eternidad y regresaría. Mira de reojo el cuerpo tendido y observa esa leve sonrisa en su rostro inerte, irradiaba una leve ternura, carecía del característico color tantas veces visto por él: la muerte.

Luego de anotar todo en una oxidada cartilla con jeroglíficos que ni él mismo entendería después, el Inspector se aleja de la escena, con la intención de redactar el informe final del suceso: Un accidente que, por exceso de confianza del hombre, hace que se adentre en el mar, no le alcanzan las fuerzas para retornar y se ahoga en el intento. Fin. “Que nadaría de aquí a la eternidad”. Pendejo.

Se estaba quedando dormido cuando escucha el teléfono, se mueve muy cuidadosamente para no despertar a su mujer y contesta al segundo timbre, Disculpe que lo moleste Jefe pero no va a creer lo que sucedió, el muerto, el de la playa, iban a abrirlo en la morgue para la autopsia, cuando de pronto empezó a toser y a respirar, en definitiva ¡Resucitó!, lo llevaron a emergencias y lo tienen en observación, Dile a ese hijueputa que se vuelva a morir porque yo ya pasé mi informe. Cuelga violentamente el teléfono. “Que nadaría de aquí a la eternidad” piensa, mueve la cabeza y sonríe. Se vuelve a dormir.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso


Te espero

Te espero, y escucho un tiempo sonámbulo en esta banca petrificada del parque. Mi silencio se rompe en mi recuerdo obstinado, casi calcinado por el peso de nuestro nudo: nuestra absurda discusión ¿Quieres continuar? Te pregunté.

La ciudad no existe, la luz de la tarde se anula, baja el ocaso suspendido, por el tallo de la noche. Un viejo lee el periódico y masculla zumbidos, yo lo miro reticente de infinito, él nunca sabrá que lo miraba.

Bajo unas ramas, una pareja se apea de sus labios, los miro cavilando acordeones de hueso, como si una hoja esculpiera ventanas, imaginando que podríamos ser nosotros, bajo esa misma rama espesa de fuego.

Los autos palpitan y galopan, sus luces salpican mis encías; baja la temperatura, se enreda en las antenas de los techos remisos, se coagula lentamente la noche sobre sus tejas. Un niño llora por una paleta de viento, su madre impertérrita lo lleva de la mano, obsequiando sus enojos industriales. Qué bella es la inocencia, pienso; el niño llora por trivialidades, yo lloro por conquistar tu transparencia.

Por mi esquina se diluye un tiempo de escalofrío, siento un escorpión en el pecho, mis latidos ladran de miedo e incertidumbre. Un manojo de miradas cuadradas me apuñala, a lo mejor se me nota el humo de las pupilas, o las comisuras hundidas que mutilan el corazón.

Te espero aterido, siento que se aproximan tus ojos de musgo, me desmorono agua deshabitada, piedra que suplica, temblor de liquen y destierro. Te miro lejana, oscura junto a mí, te siento fondo de mar acostado, adusto.

Ya sé cuál será tu respuesta.

©Patricio Sarmiento Reinoso


Imágenes (micro)

Y ocurrió que te reconocí. Llevabas una sonrisa que hacía juego con el día, y tus ojos, eran del color de la húmeda eternidad. Los años regresaron de pronto a la memoria, y allí, sentado en ese auditorio, me encontré recorriendo tus muslos de plata, y mis labios, tu cuello mullido y sereno, todo esto sin moverme de mi asiento. Sentí el corazón como relámpago o trueno que estremece. Me decidí. Me haría presente, sin importar con quien te encuentres, me acercaría y te saludaría.

Tomé la mano de mi nieto, que se encontraba junto a mí, y le dije: Llévame donde aquella anciana…

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Pacto (microcuento)

Él pasó sus dedos por el filo de su pantalón, como queriendo remendar sus arrugas, luego se ajustó la camisa, introduciendo la parte inferior dentro del pantalón. Se alisó el cabello hacia atrás con las palmas de las manos y sintió una gran vacuidad en el alma al mirarla aun desnuda en el borde de la cama. Terminó calzándose.

Salió a la calle apresuradamente. Dentro, ella se quedó en silencio contando el dinero pactado…

© Patricio Sarmiento Reinoso

 


  • Ver mi perfil en