Llegas

...the sex of darkness... © Renaissance Man

Llegas desplegando mi tarde en tus mañanas, acentuando tus pasos recién plantados, recién limpios de rocío y caricia; llegas mojada de hojas y de trueno, me insinúas en un abrir y cerrar de orillas, que tu deseo petrificado es manantial o cascada.

 De silencio se pueblan tus miradas ya habitadas, se detienen a mares cuando llegas, y tus ojos, me miran y respiran reflejos transparentes, transeúntes distancias que fingen ser llama o latido.

 No hay mejor agonía que cuando llegas, y explotan tus esporas monosílabas al sur de mi cama, suspendidas entre tus muslos y mi ventana; tu desnudez fugitiva me hace señas, se detiene, se da vuelta, se derrama, y convive en mi piedra, mientras llegas…

 

©Patricio Sarmiento Reinoso


Tríptico de Recuerdos

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La piel queda expuesta junto con tu recuerdo, y palpita serena en la memoria, con un pálpito cenital en las entrañas, un parpadeo de fuego o escama, que se instala de lleno en el silencio, se revuelca con la sombra o cadena y rebusca tus ojos en las orillas perdidas del ayer.

Y fue precisamente en tus ojos que me interné por entero, descubrí el follaje de tus pestañas de aluminio y relámpago, me aventuré y moré en ellos, sujeto de una mirada que tenía mirada propia, y me envolvía nocturno para yacer en ella, como si un mar hecho cielo me mirara.

Pero ahora que el recuerdo se hizo piedra que respira, que las palabras se expanden y crepitan junto al fuego, puedo evocar tu longitud de mujer: una mujer descalza y desnuda, que me embestía con besos de niebla y carmín. Me percibo tantas veces anegado en su humedad de mujer.

La piel se manifiesta de frente al recuerdo. Un latido la mira…

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Maestro (Cuento)

Es imposible me dicen, pero no es cierto. Yo lo vi.

Y es que, cuando hablo del pasado en mi tierra, mis amigos no me creen, entonces cito a uno mis escritores favoritos: Edgar Allan Poe decía que “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”, así que les invito a dejar de soñar solo de noche y que piensen y abran su mente a las posibilidades que puede ocurrir durante el día.

El Sigsig es una ciudad mágica, con una historia y tradiciones envidiables, ahora lo entiendo, pero cuando niño, todo parece natural, como mirar el agua correr en el lecho de un río. Eran aquellos tiempos cuando existían los trompos, las cometas, y las calles eran de esa tierra vieja, en donde cavábamos unos pequeños agujeros junto a la acera, para jugar a quién atinaba introducir en ellos las latas aplanadas de gaseosa; en ese tiempo llegó un circo, de esos destartalados y moribundos, que parecía que hubiera recorrido todo el mundo, con lonas parchadas, payasos enfermos, leones famélicos y vistosas banderas y cintas de colores. Se instaló en la Plaza 24 de Mayo, pero no la que conocemos ahora, sino la de tierra y huecos, en donde se encharcaba el agua, sin embargo no nos importaba aquello, pues servía perfecto para jugar un partido de futbol o andar con nuestras bicicletas. Mis amigos y yo, conocimos un muchacho circense, como de nuestra edad, flaco y desgarbado, que era el rey de los zancos y de inmediato surgió una eterna amistad. Dominaba esos palos largos en los que se subía para hacer toda clase de suertes: saltaba, caminaba, subía gradas, jugaba al futbol, pasaba por la cuerda floja con ellos, en definitiva era un maestro. Nos enseñó todo lo que pudo, o más bien, asimilamos lo que mejor pudimos; dejamos de lado nuestras pelotas y bicicletas y nos dedicamos de lleno a nuestra nueva afición, dejábamos los zancos junto a la cama, pues en la mañana apenas nos despertábamos los agarrábamos y no los soltábamos hasta la noche, con la consabida reta de nuestros padres que se molestaban por “ese vicio maldito” que ahora teníamos.

Aprendimos lo que más pudimos en esa corta estadía del circo, íbamos a la Playa de Shingate en el Río Santa Bárbara, en donde nos bañábamos y corríamos en “pelotas”, para luego, eso sí más en serio, subirnos a nuestros zancos y practicar. Fue cuando aprendimos a cruzar el río con ellos. Por las noches íbamos a las funciones del circo, pues nuestro amigo, nos mostró un lugar por donde podíamos colarnos sin pagar. No nos perdimos ni una sola función.

Una tarde, como de costumbre, fuimos al Shingate; luego de nuestro “calentamiento”, ya con los zancos puestos, intentamos algo nuevo, algo que nuestro amigo lo dominaba a la perfección: cruzar por la cuerda floja. Nos iniciamos, a manera de práctica, sobre un tronco ancho que se extendían de orilla a orilla, era lo suficientemente firme como para soportar nuestro liviano peso. Luego de las indicaciones de rigor, nos aventuramos a pasar por él, no sin esa sensación híbrida mezcla curiosidad y temor. Todos lo atravesamos sin caernos al río, yo simplemente seguí las indicaciones del Maestro (lo apodamos así por su alto conocimiento en la difícil ciencia del zanco): No mirar hacia las aguas, relajarme, respirar profundo y dar pasos muy lentos, sin apresuramiento alguno, balancear el peso y sobre todo, no pensar en el peligro. El júbilo explotó al otro lado, lo habíamos logrado.

Al día siguiente llegamos más temprano, era el gran día, en que finalmente debíamos atravesar por la cuerda. Utilizaríamos para ello, un viejo cable que antiguamente servía como guía de una tarabita que se usaba para cruzar el río, y que se sostenía firmemente tenso de un extremo hacia el otro, justo sobre el lugar conocido como “el remolino”, que es donde el río muestra sus aguas calmas de manera superficial, pero internamente existe un remolino que había atrapado a más de uno. El Maestro inició su recorrido, su rostro inmutable mostraba una serenidad pasmosa, no entendíamos cómo era posible realizar una actividad tan arriesgada sin mostrar un milímetro de emoción. Mientras avanzaba por el cable nos sentíamos cada vez más ansiosos, lo que se tradujo en una creciente  aceleración de nuestros latidos, yo lo sentía en las sienes, en la lengua, en todo el cuerpo. Él aplicaba una técnica de concentración que había pasado de generación en generación por los artistas del circo que realizaban actos de riesgo, les permitía enfocarse en un solo objetivo: lograr salir bien de la hazaña realizada. Una técnica basada en la meditación hindú y la abstracción del mundo real, aprendida por sus antepasados en varios confines del mundo según nos contó, en donde, se apartaba de todo efecto exterior, se desvanecían los sonidos, el color, la gente, el mundo entero, y era solamente él y su objetivo, un túnel que atravesaba de manera natural hasta alcanzarlo. Intentó enseñarnos, pero nadie captó su esencia, pensamos que estaba loco.

Cuando llegó al otro lado, nuestra tensión casi sólida, se evaporó y pudimos por fin respirar, fue lo máximo. Nos animó para que lo siguiéramos, nos miramos las caras en silencio, pero nadie hizo siquiera el intento, él sabía de alguna manera que no lo íbamos a hacer. Sonreía.

En eso el Perico, el más hablador del grupo, ya estaba en posición. Le imploramos que no lo hiciera, que era demasiado peligroso, pero nos dio una cátedra de verborrea, propia de él y nos calló en seco. Nos dijo en definitiva que era el único que en verdad había captado las enseñanzas del Maestro y lo iba a conseguir. Hasta querer detenerlo, ya había avanzado varios pasos en la cuerda, la tensión nuevamente apareció. No había comparación alguna con la anterior incursión, el Perico iba con una risita nerviosa, sacaba la lengua, temblaba sobre los sancos, hablaba. El Maestro se notaba preocupado y,  sobre los zancos aun, trataba de darle indicaciones para que no se cayera, le hacía señas, le gritaba. Avanzó dos pasos más y en un pestañeo cayó y desapareció en el agua. Nos quedamos totalmente helados, no sabíamos si lanzarnos al agua o ir por ayuda. Instintivamente nuestras miradas se dirigieron al Maestro, quien nos calmó a señas y nos hizo entender que no ingresemos en el agua. Lo que vimos después fue algo que se quedó impregnado en la memoria, en vez de sacarse los sancos y lanzarse al agua, el Maestro cerró los ojos y puso las manos juntas, como si estuviera orando. Nuestra extrañeza fue total. En segundos sufrió otra transfiguración, como la ocurrida en el trance anterior cuando cruzó. Nuestro asombro se torno en  perplejidad cuando sin ningún elemento que lo sustente, empezó a elevarse del piso, pensamos que se iba a caer, pero continuó remontándose, subido siempre en sus viejos zancos rojos. Levitó hasta alcanzar unos dos metros de altura, siempre manteniendo esa posición vertical, con los ojos cerrados y las manos juntas, luego avanzó horizontalmente hasta posarse sobre el lugar donde el Perico trataba de mantenerse a flote, se notaba su desesperación y cansancio dando brazadas que no lo hacían avanzar, pues el remolino lo tenía bien sujeto. Al notar que el Maestro estaba volando prácticamente sobre él, ni siquiera se inmutó, solamente esperaba que hiciera algo para que pudiera salir de allí. El maestro descendió lentamente, hasta estar al alcance de sus manos. ¡Agárrate! Le gritó. El Perico logró asirse, no sin mucha dificultad, pero lo logró, luego, como si hubiera tomado un nuevo impulso, se elevó y vino directamente hacia nosotros, con el Perico colgando en los apoya-pies de sus zancos. Al llegar se desvaneció, sudaba, y parecía haberlo conseguido con el último aliento y usando todas sus sobrenaturales fuerzas.

Todo había pasado tan rápido que no tuvimos tiempo de sorprendernos más, el Maestro al poco rato reaccionó y preguntó si el Perico estaba bien, a lo asentimos en coro. Subimos en silencio al centro del pueblo, nunca, nadie habló posteriormente del tema, fue como si nunca hubiera pasado.

¡Esto es lo que les puedo contar hoy! Ya sé lo que van a decir, un tipo con corbata y traje negro, se para frente a nosotros y nos lanza un sartal de mentiras, pero para convencerlos, les presento algo que aun conservo con todo cariño: ¡Los viejos zancos del Maestro! Me los regaló antes que el circo partiera. Miro sus ojos y observo mucha incredulidad, pero le cuento algo más, me regaló también ese secreto que todos hubieran querido escuchar, que he ido perfeccionando todo este tiempo, pues no necesito ya, colocarme los zancos para ¡Levitar!

Ahora sí me creen ¿No?, desde acá arriba observo sus ojos de asombro, son exactamente los mismos que nosotros, el pequeño grupo de amigos que vimos ese milagro, teníamos en aquel mágico momento. ¿Ahora si me creerán lo que les diga? ¡Más fuerte que no los escucho! Muy bien, ha quedado claro que sí me creen, porque me falta un último detalle de la historia, mucho más inverosímil, pero igual de cierta que la anterior:

Al día siguiente de la partida del circo, fue la única vez que nevó en el Sigsig.

©Patricio Sarmiento Reinoso


Dos

Dos silencios gimiendo éramos,
abrazados de besos y piernas,
cerníamos las horas de la noche,
entre sábanas y susurros clandestinos.

Hallábamos auroras resurrectas de cristal o espanto,
empañando ventanas y suspiros
nos bebíamos completos,
en caída vertical,
sin vértigo alguno,
hacia las fronteras perpetuas
de nuestros cuerpos.

Dos gemidos silenciosos fuimos…


Errante…

 

Me suspendo en la noche, con una cuerda de cristal atada a mi pecho. Soy un clavo huérfano de crepúsculo, una piedra nocturna que no respira ni siquiera cenizas, un vidrio bohemio y enmohecido de silencio, un estertor sin saliva.

Vago errabundo, con el corazón deshabitado, sobre las horas enconadas del día. Llego a la puerta de tu casa y no me atrevo a tocar, siento mil hojas de navaja cortando la sangre negra de mi torrente, un frío vertical, una penumbra con el salobre color del olvido.

Le doy la vuelta a los segundos que pasan, ansío beber tus ojos nuevamente, ansío tu perfume congelado en mi garganta, tus pechos resurrectos sobre los míos. Sé que no sucederá nunca más. Te fui infiel. No perdonarás.

Regreso con el pecho despeñado, con la desvanecida cerrazón de tu recuerdo escudriñando mi sombra. No miro hacia atrás, pero sé que algún ojo me miró la espalda caída. Tal vez ella. Tal vez…

 

©Patricio Sarmiento Reinoso


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