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Último

En el último día del año, escucho el trinar de signos interminables, donde se estremecen y estallan las horas diminutas, cantan los reflejos de los recuerdos junto con sus sombras, respiro espacios consumados y eternos, donde el pasado es un  garabato que se borra, y el futuro es follaje de vidrio.

 La palabra se me vuelve sólida en el paladar, siento que una evocación ciclópea me brota por una ventana de alfiler, siento como si la luna lloviera sílabas de tambor, respirando horas y precipicios de tiempo. Miro fuegos incoherentes de artificio, que intentan tocar tu estrella de llama y caminan sorteando la negrura indomable de la última noche.

 En la última noche del año, me prendo, me apago, me incinero vivo y tiemblo, con medio juramento atravesado en la garganta, un juramento clandestino, casi transparente, de tertulia horizontal con los nuevos días, en su propio idioma de calendario, aplicando su misma caligrafía que gravita y se vuelve infinita, cuando se desvanece el último segundo congelado.

 En el último segundo del año, te tomo de la mano y sonrió, porque siento a través de ella, tu pulsación acumulada, casi impalpable. No pienso en nada, solamente disfruto el poder escuchar tus latidos.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

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de tu muerte

Cuando supe de tu muerte,

se aceleraron mis canas

y sentí un pálpito del color del salitre,

royéndome las pestañas.

Agarré un silencio horizontal

desde mi recuerdo naufragado,

le empuñé la mano a tu sombra,

que tiritaba mientras me sonreía.

 

Habían pasado dos siglos en pocos minutos,

mis lágrimas se encogieron,

para llenar un grito momentáneo y desconcertado.

Supe entonces,

que se aflojaron las letras de mi nombre

y en su lugar

se arrugaron tus gestos disímiles,

entre escamas o flores secas.

 

Los muertos te esperaron,

temblando de sueño,

como niños amargos

que mojan la lluvia palpable,

y resucitan sus risas,

en otros cuerpos inflamados.

Envejecieron los gritos

y se atascaron en mi memoria.

 

Cuando supe de tu muerte,

se suicidó mi agonía.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

 


de juegos y olvidos

DE JUEGOS Y OLVIDOS

No juegues con la luz, pues ésta pernocta en los agujeros dúplices del amanecer, se difumina precisa en el zaguán de un abismo o recuerdo alborotado, y deja de esparcir su estela escondida hacia la víspera de tus ojos.

Juega, eso sí, con las tinieblas, que baten sus alas prolongadas de olvido desdoblado, se insertan en cualquier linterna sin memoria, y esparce su polen de oscuridad y de trapo, en los ladridos de un foco transeúnte.

Juega con el color que no se queja, con el de la madrugada que enfila sus azules rumiantes, con el del ocaso que hace parir la negrura de la noche y  explora las horas oscuras y casi rotas del olvido.

No juegues con la luz, te lo pido, juega más bien con mis huesos.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

 


sentencia

Tu voz de lluvia, se incinera en el hueco de la memoria. Salgo a la calle y nadie se da cuenta que el latido de mi corazón se ha detenido, que sangra en medio de dos lunas. Que soy un muerto en vida.

La cabeza me da vueltas, no miro las costras borrosas de las caras de las personas, ni los semáforos, ni los autos, ni los arrecifes de la vida. Nada. Sólo una obnubilación viscosa se apodera por entero de mi, y me hace entrecerrar los ojos, cuando sigo escuchando tu voz, que impasible me borra el alma.

Un auto me pita, justo cuando intentaba por instinto, atravesar la calzada, mis manos caen pesadas sobre el capó y miro con ojos ciegos a la conductora: una señora mayor con ceño fruncido y gritándome algo inaudible, pero enseguida, se transforma en ti sonriéndome, me volteo y te miro en una cabina telefónica, hablando con quién se yo, miro a la agente de tránsito, eres tú. En realidad recién caigo en la cuenta que cada persona a mi alrededor son  todas tú…

Tu voz de espanto me atraviesa, me vuelve loco, en medio del humo, de la gente, del maldito sol de Junio. Tengo quemada la piel, por tus besos que ya no serán.

Miro el puente, no entiendo aún que estoy haciendo, incluso cuando me subo en el barandal. Todo se ve nublado. El río, caudaloso y lejano, corre sus promiscuas aguas allá abajo. Todo me da nausea. Solamente sigo escuchando aquel latido en mi cabeza, ese que tú pronunciaste hoy en mi cara, sin ningún pudor. Dijiste: “Ya no te amo”…

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

 


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