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El Maestro (Cuento)

Es imposible me dicen, pero no es cierto. Yo lo vi.

Y es que, cuando hablo del pasado en mi tierra, mis amigos no me creen, entonces cito a uno mis escritores favoritos: Edgar Allan Poe decía que “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”, así que les invito a dejar de soñar solo de noche y que piensen y abran su mente a las posibilidades que puede ocurrir durante el día.

El Sigsig es una ciudad mágica, con una historia y tradiciones envidiables, ahora lo entiendo, pero cuando niño, todo parece natural, como mirar el agua correr en el lecho de un río. Eran aquellos tiempos cuando existían los trompos, las cometas, y las calles eran de esa tierra vieja, en donde cavábamos unos pequeños agujeros junto a la acera, para jugar a quién atinaba introducir en ellos las latas aplanadas de gaseosa; en ese tiempo llegó un circo, de esos destartalados y moribundos, que parecía que hubiera recorrido todo el mundo, con lonas parchadas, payasos enfermos, leones famélicos y vistosas banderas y cintas de colores. Se instaló en la Plaza 24 de Mayo, pero no la que conocemos ahora, sino la de tierra y huecos, en donde se encharcaba el agua, sin embargo no nos importaba aquello, pues servía perfecto para jugar un partido de futbol o andar con nuestras bicicletas. Mis amigos y yo, conocimos un muchacho circense, como de nuestra edad, flaco y desgarbado, que era el rey de los zancos y de inmediato surgió una eterna amistad. Dominaba esos palos largos en los que se subía para hacer toda clase de suertes: saltaba, caminaba, subía gradas, jugaba al futbol, pasaba por la cuerda floja con ellos, en definitiva era un maestro. Nos enseñó todo lo que pudo, o más bien, asimilamos lo que mejor pudimos; dejamos de lado nuestras pelotas y bicicletas y nos dedicamos de lleno a nuestra nueva afición, dejábamos los zancos junto a la cama, pues en la mañana apenas nos despertábamos los agarrábamos y no los soltábamos hasta la noche, con la consabida reta de nuestros padres que se molestaban por “ese vicio maldito” que ahora teníamos.

Aprendimos lo que más pudimos en esa corta estadía del circo, íbamos a la Playa de Shingate en el Río Santa Bárbara, en donde nos bañábamos y corríamos en “pelotas”, para luego, eso sí más en serio, subirnos a nuestros zancos y practicar. Fue cuando aprendimos a cruzar el río con ellos. Por las noches íbamos a las funciones del circo, pues nuestro amigo, nos mostró un lugar por donde podíamos colarnos sin pagar. No nos perdimos ni una sola función.

Una tarde, como de costumbre, fuimos al Shingate; luego de nuestro “calentamiento”, ya con los zancos puestos, intentamos algo nuevo, algo que nuestro amigo lo dominaba a la perfección: cruzar por la cuerda floja. Nos iniciamos, a manera de práctica, sobre un tronco ancho que se extendían de orilla a orilla, era lo suficientemente firme como para soportar nuestro liviano peso. Luego de las indicaciones de rigor, nos aventuramos a pasar por él, no sin esa sensación híbrida mezcla curiosidad y temor. Todos lo atravesamos sin caernos al río, yo simplemente seguí las indicaciones del Maestro (lo apodamos así por su alto conocimiento en la difícil ciencia del zanco): No mirar hacia las aguas, relajarme, respirar profundo y dar pasos muy lentos, sin apresuramiento alguno, balancear el peso y sobre todo, no pensar en el peligro. El júbilo explotó al otro lado, lo habíamos logrado.

Al día siguiente llegamos más temprano, era el gran día, en que finalmente debíamos atravesar por la cuerda. Utilizaríamos para ello, un viejo cable que antiguamente servía como guía de una tarabita que se usaba para cruzar el río, y que se sostenía firmemente tenso de un extremo hacia el otro, justo sobre el lugar conocido como “el remolino”, que es donde el río muestra sus aguas calmas de manera superficial, pero internamente existe un remolino que había atrapado a más de uno. El Maestro inició su recorrido, su rostro inmutable mostraba una serenidad pasmosa, no entendíamos cómo era posible realizar una actividad tan arriesgada sin mostrar un milímetro de emoción. Mientras avanzaba por el cable nos sentíamos cada vez más ansiosos, lo que se tradujo en una creciente  aceleración de nuestros latidos, yo lo sentía en las sienes, en la lengua, en todo el cuerpo. Él aplicaba una técnica de concentración que había pasado de generación en generación por los artistas del circo que realizaban actos de riesgo, les permitía enfocarse en un solo objetivo: lograr salir bien de la hazaña realizada. Una técnica basada en la meditación hindú y la abstracción del mundo real, aprendida por sus antepasados en varios confines del mundo según nos contó, en donde, se apartaba de todo efecto exterior, se desvanecían los sonidos, el color, la gente, el mundo entero, y era solamente él y su objetivo, un túnel que atravesaba de manera natural hasta alcanzarlo. Intentó enseñarnos, pero nadie captó su esencia, pensamos que estaba loco.

Cuando llegó al otro lado, nuestra tensión casi sólida, se evaporó y pudimos por fin respirar, fue lo máximo. Nos animó para que lo siguiéramos, nos miramos las caras en silencio, pero nadie hizo siquiera el intento, él sabía de alguna manera que no lo íbamos a hacer. Sonreía.

En eso el Perico, el más hablador del grupo, ya estaba en posición. Le imploramos que no lo hiciera, que era demasiado peligroso, pero nos dio una cátedra de verborrea, propia de él y nos calló en seco. Nos dijo en definitiva que era el único que en verdad había captado las enseñanzas del Maestro y lo iba a conseguir. Hasta querer detenerlo, ya había avanzado varios pasos en la cuerda, la tensión nuevamente apareció. No había comparación alguna con la anterior incursión, el Perico iba con una risita nerviosa, sacaba la lengua, temblaba sobre los sancos, hablaba. El Maestro se notaba preocupado y,  sobre los zancos aun, trataba de darle indicaciones para que no se cayera, le hacía señas, le gritaba. Avanzó dos pasos más y en un pestañeo cayó y desapareció en el agua. Nos quedamos totalmente helados, no sabíamos si lanzarnos al agua o ir por ayuda. Instintivamente nuestras miradas se dirigieron al Maestro, quien nos calmó a señas y nos hizo entender que no ingresemos en el agua. Lo que vimos después fue algo que se quedó impregnado en la memoria, en vez de sacarse los sancos y lanzarse al agua, el Maestro cerró los ojos y puso las manos juntas, como si estuviera orando. Nuestra extrañeza fue total. En segundos sufrió otra transfiguración, como la ocurrida en el trance anterior cuando cruzó. Nuestro asombro se torno en  perplejidad cuando sin ningún elemento que lo sustente, empezó a elevarse del piso, pensamos que se iba a caer, pero continuó remontándose, subido siempre en sus viejos zancos rojos. Levitó hasta alcanzar unos dos metros de altura, siempre manteniendo esa posición vertical, con los ojos cerrados y las manos juntas, luego avanzó horizontalmente hasta posarse sobre el lugar donde el Perico trataba de mantenerse a flote, se notaba su desesperación y cansancio dando brazadas que no lo hacían avanzar, pues el remolino lo tenía bien sujeto. Al notar que el Maestro estaba volando prácticamente sobre él, ni siquiera se inmutó, solamente esperaba que hiciera algo para que pudiera salir de allí. El maestro descendió lentamente, hasta estar al alcance de sus manos. ¡Agárrate! Le gritó. El Perico logró asirse, no sin mucha dificultad, pero lo logró, luego, como si hubiera tomado un nuevo impulso, se elevó y vino directamente hacia nosotros, con el Perico colgando en los apoya-pies de sus zancos. Al llegar se desvaneció, sudaba, y parecía haberlo conseguido con el último aliento y usando todas sus sobrenaturales fuerzas.

Todo había pasado tan rápido que no tuvimos tiempo de sorprendernos más, el Maestro al poco rato reaccionó y preguntó si el Perico estaba bien, a lo asentimos en coro. Subimos en silencio al centro del pueblo, nunca, nadie habló posteriormente del tema, fue como si nunca hubiera pasado.

¡Esto es lo que les puedo contar hoy! Ya sé lo que van a decir, un tipo con corbata y traje negro, se para frente a nosotros y nos lanza un sartal de mentiras, pero para convencerlos, les presento algo que aun conservo con todo cariño: ¡Los viejos zancos del Maestro! Me los regaló antes que el circo partiera. Miro sus ojos y observo mucha incredulidad, pero le cuento algo más, me regaló también ese secreto que todos hubieran querido escuchar, que he ido perfeccionando todo este tiempo, pues no necesito ya, colocarme los zancos para ¡Levitar!

Ahora sí me creen ¿No?, desde acá arriba observo sus ojos de asombro, son exactamente los mismos que nosotros, el pequeño grupo de amigos que vimos ese milagro, teníamos en aquel mágico momento. ¿Ahora si me creerán lo que les diga? ¡Más fuerte que no los escucho! Muy bien, ha quedado claro que sí me creen, porque me falta un último detalle de la historia, mucho más inverosímil, pero igual de cierta que la anterior:

Al día siguiente de la partida del circo, fue la única vez que nevó en el Sigsig.

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Informe (Cuento)

Es inmenso el mar” piensa, mientras lo toca con el dorso de las pupilas, escudriña la grandiosidad del firmamento que, a lo lejos, parece fundirse con el eterno oleaje, en una horizontal mirada de eternidad en aquel vasto rojo y espeso ocaso. Mira ahora al ahogado, inerte, como en espera de que lo lleven a enterrar, si pudiera le preguntaría dónde quisiera que lo entierren, seguro le contestaría que no lo molesten, que se siente a gusto allí, movido por las olas, sintiendo el dulce cosquilleo de la arena, pero se calla antes de hablar. ¡Loco! Le hubieran dicho, hablándole a un muerto. Si supieran que simplemente se adelantó.

Imprime órdenes a sus sub alternos dirigiendo la investigación, que tomen huellas, que recaben evidencia, que trasladen el cuerpo a la morgue; escucha los llantos sordos de la familia que se mezclan con la espuma blanca de las olas, mira las cintas amarillas de prohibido el paso y conversa con la gente del lugar, Estaba muy contento, le cuentan, hacía gala de ser un excelente nadador, nos dijo que nadaría de aquí a la eternidad y regresaría. Mira de reojo el cuerpo tendido y observa esa leve sonrisa en su rostro inerte, irradiaba una leve ternura, carecía del característico color tantas veces visto por él: la muerte.

Luego de anotar todo en una oxidada cartilla con jeroglíficos que ni él mismo entendería después, el Inspector se aleja de la escena, con la intención de redactar el informe final del suceso: Un accidente que, por exceso de confianza del hombre, hace que se adentre en el mar, no le alcanzan las fuerzas para retornar y se ahoga en el intento. Fin. “Que nadaría de aquí a la eternidad”. Pendejo.

Se estaba quedando dormido cuando escucha el teléfono, se mueve muy cuidadosamente para no despertar a su mujer y contesta al segundo timbre, Disculpe que lo moleste Jefe pero no va a creer lo que sucedió, el muerto, el de la playa, iban a abrirlo en la morgue para la autopsia, cuando de pronto empezó a toser y a respirar, en definitiva ¡Resucitó!, lo llevaron a emergencias y lo tienen en observación, Dile a ese hijueputa que se vuelva a morir porque yo ya pasé mi informe. Cuelga violentamente el teléfono. “Que nadaría de aquí a la eternidad” piensa, mueve la cabeza y sonríe. Se vuelve a dormir.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Frasco|Cuento

En la tumba, los arqueólogos encontraron un frasco sellado herméticamente por las arenas del tiempo. Se miraron, y entendieron paralelamente que aquello era lo que habían venido buscando por años. Sus ojos octogenarios casi lloraron de alegría. Trataron de abrirlo primero de la manera formal, con esfuerzo y aplicando una fuerza de torque, pero les fue imposible. Luego utilizaron una resina a base de aceites transeúntes, recogidos en África Central, pero resultaba muy difícil abrirlo.

Sabían perfectamente lo que el misterioso frasco contenía, lo sabían por el peso, la forma, incluso por ese ruido de viscosidad volátil que escucharon al agitarlo, ya lo habían oído antes. Aquella vez, algo mayores que ahora, abrieron el frasco y los vapores de su interior los inundó por completo, se introdujeron por cada poro de sus vetustos cuerpos, produciéndoles un ardor en ojos y garganta, así como una taquicardia amplificada por el aumento de temperatura en sus cuerpos, los hizo revolcarse por el suelo y toser hasta casi perder el aliento, pero luego de los temblores y fiebre momentánea, todo quedó en completa calma, y la sorpresa los invadió por entero, pues no podían creer lo que sus ojos percibían: miraron atónitos a sus compañeros de juventud, los mismos con quien habían compartido las aulas universitarias hace ya tantos años, se vieron con pelo negro es sus cráneos, sin arrugas, ni la necesidad de utilizar lentes. Habían sido tocados por el vaho de un dios que les borró la senilidad y les devolvía una juventud resurrecta, incrustada en el fondo de aquel frasco.

Ahora tenían un frasco igual en sus desgastadas manos, la oportunidad de seguir viviendo, de hacer más cosas, claro, mejoradas por el cúmulo de experiencia reunida, se sentían en la cima, con la vanidad y la arrogancia impropias para un viejo. Sus corazones empezaron su precoz estampida al escuchar el sonido que les informaba que la botella se abrió, se miraron a los ojos, sudorosos, y con una sonrisa marcada por la emoción, lentamente volvieron a girar la tapa hacia su nueva juventud.

Al abrirla por completo las emanaciones les pegó de lleno en la cara, pero notaron algo diferente, el calor de antaño se iba tornando en frío y la taquicardia inicial era aplacada y frenaba lentamente los latidos de sus mohosos y ambiciosos corazones. El pánico hizo su presencia, cuando al mirarse las manos, llenas de manchas que la edad marcó, iban perdiendo su sustancia, sentían que lo mismo les sucedía a sus rostros y a su cuerpo entero. Alargaron sus dedos, como señalando al rostro de su compañero, únicamente para advertir que ya no existía carne en ellos, mirando perplejos, aflorar la blancura de sus huesos, sus dientes, sus costillas.

Entendieron, en el último instante, que el frasco era antónimo al anterior y que estaba esperando por años, en ese mar de arena y soledad, por aquellos que osaron profanar a su hermano.

©Patricio Sarmiento Reinoso


Liberación (cuento)

Y miraba complacida cómo se quemaba en esa silla de muerte. Tras el grueso ventanal, observaba sintiendo una presión en el pecho, al hombre que se retorcía por el paso de la electricidad en su cuerpo. “Al fin” pensaba, y hasta parecía percibir el olor de la carne quemada. Ni siquiera sentía la presencia de gente a su alrededor, era como si estuviera sola.

 Recordó aquella noche, cuando escapó de él y se encerró en su cuarto.Su madre no se encontraba en casa, pues se hacía el turno nocturno en el hospital del pueblo, donde trabajaba como enfermera. Trató de contarle antes que su “novio” la acosaba, pero no le creyó y hasta se enfureció con ella por decir tanta mentira.

 Al inicio parecía buena persona, venía vestido de traje, le llevaba flores a su madre y chocolates a ella. Pero todo cambió cuando se mudó a casa. Su madre parecía como flotando, como tratando de sellar la partida de su padre. Era cierto, tenía derecho a rehacer su vida, trataba de superar cotidianamente la muerte de su esposo. Ese maldito accidente. Si su padre estuviera con ella.

 El acoso era constante. Él la miraba de soslayo y sonreía maliciosamente, ella lo esquivaba, trataba de entender a su madre y no quería verla derrumbada como antes. No quería quitarle la felicidad.

 Esa noche, se acercó con esa camiseta sudada y levantada, mostrando su ombligo mugroso y peludo en esa panza cervecera.  Miraba televisión en el sofá, y él se sentó muy cerca. Se puso nerviosa y trató de retirarse, pero él con la fuerza de un animal, logró agarrarla y atraerla hacia él, le tocó la espalda y los senos, mientras acercaba su aliento de cerdo a su cara, ella se resistía y gritó, pero no había nadie en casa, le propinó una mordida en el rostro que le hizo saltar sangre y lágrimas, logró salir de sus fauces y corrió despavorida escaleras arriba, cerró la puerta tras de ella, pasó el seguro y se sentó tras la puerta con el corazón reventándole en el pecho. Lloró.

 Escuchó sus pasos, y le taladró su amenaza en las sienes ¡Si le dices a tu madre! ¡Te Mato! Mecánicamente retrocedió hasta tropezar con la cama, se sentía totalmente indefensa y no dejaba de temblar. Él, con la fuerza de un ciclón, pateó la puerta haciendo saltar el seguro, y se acercó lentamente con esa misma tétrica sonrisa. Se paró en la mitad de la habitación: “Venga mija si no le voy a hacer daño”. Notó que  llevaba un cuchillo de cocina en la mano, pues le cegó el reflejo del acero. Ella agarró lo primero que estaba cerca, y cuando él se abalanzó le estampó el florero en la cabeza. Él cayó al piso, pero no sin antes propinarle una puñalada. Cuando se incorporó y la miró herida en el suelo, huyó como lo hacen los cobardes.

 Fue muy rápido todo, no sentía dolor. Llevó sus manos hacia donde le quemaba, alzó la cabeza y las miró rojas, con un rojo violáceo y opaco a la luz de la luna, única testigo del ataque. Se apretó fuerte la herida, y tuvo la fuerza suficiente para arrastrarse y llegar al teléfono del pasillo, llamó a su madre y le contó lo ocurrido. La ambulancia llegó veinte minutos más tarde. La hallaron aun con vida.

 Tres semanas después, la policía encontró al hombre y lo llevó a la justicia. Su madre puso la denuncia, y las pruebas lo hallaron culpable.

 Ahora, recordaba todo lo que pasó con una claridad única, recordó su viaje en la ambulancia, la falta de aire, el frío, aquella luz y cómo se observó a ella misma tendida en esa camilla con la herida mortal en un costado. Ahora podía partir, se sentía liberada, podía dar el paso, luego de advertirque su atacante fue castigado. En el instante justo, cuando él se miró aterrado a sí mismo, carbonizado en esa silla, asustado, como flotando y sin entender qué le había pasado. Ella se asió del brazo del que se encontraba a su lado. “Ahora podemos irnos papá”.

©Patricio Sarmiento Reinoso


F A B U L A (micro)

Aquella noche los papeles cambiaron.

El lobo se mudó con su novio y caperucita firmó con playboy.

Solo la abuela suspira pensando en el ayer.

©Patricio Sarmiento Reinoso


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