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Tríptico de Misterios

Secretos habitados son tus manos, fanales que se integran a tu cuerpo, palpitan en memorias o leyendas de tierra y delirio. Mis sueños emulan palabras en donde tú te escondes. Me envuelve la niebla de tus recuerdos o remolinos transparentes, de mediodías oscuros y medianoches que encierran la calcomanía de tu caricia. Abro mis ojos de cartón y vuelan hacia ti mis sentidos de acero y quimeras.

Quimeras son tus ojos, como si mil silencios encendidos, urdieran un suspiro terminal, aquel que no me canso de pedirte. La huella clandestina de tu piel, se abre paso y reza un dialecto nocturno de otoño y camino. Al amparo de tu pelo se transfiguran tus misterios.

Misterios son tus labios, tu crudo desierto insular me alimenta. Voy a cruzar tus latidos para sentenciar el fondo de tu beso perpetuo. En tu voz escrita se nutre y se asienta mi sombra, mi verso, mi genuina caricia, que germina en tu cuello, en tu pecho, en tu garganta. No sé de donde proviene tu voz mineral, pero sin duda me llama a violar tu secreto…

Secretos, Quimeras, Misterios…

©Patricio Sarmiento Reinoso


Imágenes (micro)

Y ocurrió que te reconocí. Llevabas una sonrisa que hacía juego con el día, y tus ojos, eran del color de la húmeda eternidad. Los años regresaron de pronto a la memoria, y allí, sentado en ese auditorio, me encontré recorriendo tus muslos de plata, y mis labios, tu cuello mullido y sereno, todo esto sin moverme de mi asiento. Sentí el corazón como relámpago o trueno que estremece. Me decidí. Me haría presente, sin importar con quien te encuentres, me acercaría y te saludaría.

Tomé la mano de mi nieto, que se encontraba junto a mí, y le dije: Llévame donde aquella anciana…

©Patricio Sarmiento Reinoso


tu nombre

En torno al mar clavo tu nombre, ese que se enreda en un grito mudo con sabor a campana, aquel que tendía raíces de fuego en nevada sentencia, el que instalaba su encaje de piel en lontananza.

 

Bajo las sombras de clavicordios perdidos o espejos, tu nombre suplica y se evapora, como nísperos que florecen horas de piedra y perfume, e insisten en pintar con ladridos de hueso, el mango del puñal crucificado.

 

La noche es una mueca clandestina, una torpe interpretación de una muralla, un destello opaco de besos, como si un martes de sal se rompiera, y regara sus gotas en la dúplice voracidad de la mañana.

 

En torno a la lluvia sucumbe tu nombre, un clavo en el fondo del mar lo encadena.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso



de la mano de la muerte

I

Vendado, amordazado  y sujeto las manos en la espalda, escucha cada detonación que le cercena la mente, y le ciega la vida a sus compañeros. Dios, que hago, dios, dios, dios. Un sudor helado y vertical le corre por la frente, la espalda, todo el cuerpo. Cuando siente los pasos acercarse hacia él, su corazón parece escaparse de su pecho. Se imagina tirado, con una bala en la cabeza, junto a un gran charco rojo. Piensa en su familia allá en el lejano Ecuador, y en un ínfimo instante, como un flash fotográfico, le llegan las imágenes de su corta vida, de sus padres, de su próxima muerte. ¡Es una mierda ser pobre! ¡Ser migrante!

El viaje es difícil, le dijeron. Por allá secuestran y matan, le dijeron. Pero él no hizo caso, la necesidad pudo más, la necesidad y el anhelo de vivir con dignidad, de dormir con el estómago lleno, de tener un techo y un  futuro.

Vendió las tierras de su padre, pidió prestado a cuanto conocido tenía, y aun así no le alcanzó el dinero para el coyote. Acudió al chulquero, aquel ente que se nutre del sufrimiento y la necesidad de la gente, y le pidió prestado. Los coyotes siempre quieren más, le decían. Soy joven, pensaba, tengo diez y ocho. Me voy a sacar la madre trabajando y saldaré todas las deudas, comentaba a sus familiares y amigos. Tuvo miedo.

Pero ni la imaginación más trastocada, se acercaba a la realidad que le tocaba vivir. En Tamaulipas, el coyote los abandonó. Una turba de hombres armados, los recogió, los ató y a base de golpes e insultos, los condujeron a un oscuro y viejo cobertizo, donde permanecieron aislados, sin agua ni comida, solamente ahogados en el sopor de sus cuerpos malolientes y ardidos por el calor y la incertidumbre.

II

Aquella mañana, llegaron como un vendaval, conjugando vituperios y golpes. Lo ataron junto con sus más de setenta compañeros, hombres y mujeres, migrantes de varios países, que se atrevieron a pasar los peligros del viaje para llega a tierras del norte. Para llegar a comer las migajas de la esperanza.

Escucha como caen los cuerpos de sus compañeros, luego de cada disparo, no existe un ruido particular, solo un golpe seco, como cuando se tira un saco de papas al piso. Se desespera en silencio, sintiendo que moja sus pantalones, al acercase su “turno”.

Ahora, su verdugo se encuentra frente a él. No le dice absolutamente nada. Parece que pudiera mirar el cañón del revolver que lo matará. Dios, dios… Siente un pinchazo en el cuello, como si una abeja le hubiera picado, y luego siente una humedad caliente en su pecho. Siente perder fuerza. Siente desfallecer.

Desde el piso, continúa escuchando el sonido de los cuerpos cayendo. En silencio, piensa: ¿Así es la muerte? ¿Seguir escuchando, sintiendo como late el corazón? No se mueve. Así permanece por varias horas, inmóvil.  De pronto siente como le quitan las amarras que mantenían sus manos cautivas, nuevamente la desesperación surge, como una mordedura de perro. Le quitan las vendas y mordaza, le cuesta mucho abrir los ojos. Escucha una voz que le susurra: Vamos, tenemos que escapar. Él sigue maquinalmente la voz. Cuando al fin puede abrir los ojos, no puede creer lo que observa: un mar de cuerpos amontonados en todo el espacio, eran cuerpos en total desorden, con una marca en el pecho o en el cuello. La tierra del piso teñida de rojo, y un olor a muerte y desolación. Las lágrimas fluyen sin control. No le duele nada.

Más tarde, Freddy Lala contaría a sus rescatistas, cómo caminó por varias horas hasta llegar a un poblado, donde nadie quería ayudarle al verlo bañado en sangre y lodo. Luego contaría cómo la muerte se asomó y le agarró fuerte, pero pudo escapar.  Ya nunca más intentaría regresar al norte, a ella

©Patricio Sarmiento Reinoso


c e n i z a

tus aguas me mojan, me secan, me envenenan  me quedé con tu papel dormido: tu ceniza  ahora escribo el sudor de mis pestañas  tornando estrofas de un fuego que nieva  en letras o dulce dolor de las espinas.

la noche destila una mariposa o limbo

donde tus ojos de sal son una oscura calma

me invento versos descarnados sin rumbo ni pupilas

para calmar la ceniza que mis labios llevan

y trazo bocas en el mar que no se olvidan.

 

tus aguas me mojan, me secan, me envenenan

me quedé con tu papel dormido: tu ceniza

ahora escribo el sudor de mis pestañas

tornando estrofas de un fuego que nieva

en letras o dulce dolor de las espinas.

 

porque el cielo cuelga tu nombre y tus mejillas

se me incrusta tu voz en la ceniza

cuatro girones que mi alma aun vestía

áspera sangre que no fluye ni corre ni canta

eres del ayer la otra orilla.

 

la noche destila un rayo lunar de sol

yo alumbro mi arcilla en tu ceniza.

©Patricio Sarmiento Reinoso


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