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de la mano de la muerte

I

Vendado, amordazado  y sujeto las manos en la espalda, escucha cada detonación que le cercena la mente, y le ciega la vida a sus compañeros. Dios, que hago, dios, dios, dios. Un sudor helado y vertical le corre por la frente, la espalda, todo el cuerpo. Cuando siente los pasos acercarse hacia él, su corazón parece escaparse de su pecho. Se imagina tirado, con una bala en la cabeza, junto a un gran charco rojo. Piensa en su familia allá en el lejano Ecuador, y en un ínfimo instante, como un flash fotográfico, le llegan las imágenes de su corta vida, de sus padres, de su próxima muerte. ¡Es una mierda ser pobre! ¡Ser migrante!

El viaje es difícil, le dijeron. Por allá secuestran y matan, le dijeron. Pero él no hizo caso, la necesidad pudo más, la necesidad y el anhelo de vivir con dignidad, de dormir con el estómago lleno, de tener un techo y un  futuro.

Vendió las tierras de su padre, pidió prestado a cuanto conocido tenía, y aun así no le alcanzó el dinero para el coyote. Acudió al chulquero, aquel ente que se nutre del sufrimiento y la necesidad de la gente, y le pidió prestado. Los coyotes siempre quieren más, le decían. Soy joven, pensaba, tengo diez y ocho. Me voy a sacar la madre trabajando y saldaré todas las deudas, comentaba a sus familiares y amigos. Tuvo miedo.

Pero ni la imaginación más trastocada, se acercaba a la realidad que le tocaba vivir. En Tamaulipas, el coyote los abandonó. Una turba de hombres armados, los recogió, los ató y a base de golpes e insultos, los condujeron a un oscuro y viejo cobertizo, donde permanecieron aislados, sin agua ni comida, solamente ahogados en el sopor de sus cuerpos malolientes y ardidos por el calor y la incertidumbre.

II

Aquella mañana, llegaron como un vendaval, conjugando vituperios y golpes. Lo ataron junto con sus más de setenta compañeros, hombres y mujeres, migrantes de varios países, que se atrevieron a pasar los peligros del viaje para llega a tierras del norte. Para llegar a comer las migajas de la esperanza.

Escucha como caen los cuerpos de sus compañeros, luego de cada disparo, no existe un ruido particular, solo un golpe seco, como cuando se tira un saco de papas al piso. Se desespera en silencio, sintiendo que moja sus pantalones, al acercase su “turno”.

Ahora, su verdugo se encuentra frente a él. No le dice absolutamente nada. Parece que pudiera mirar el cañón del revolver que lo matará. Dios, dios… Siente un pinchazo en el cuello, como si una abeja le hubiera picado, y luego siente una humedad caliente en su pecho. Siente perder fuerza. Siente desfallecer.

Desde el piso, continúa escuchando el sonido de los cuerpos cayendo. En silencio, piensa: ¿Así es la muerte? ¿Seguir escuchando, sintiendo como late el corazón? No se mueve. Así permanece por varias horas, inmóvil.  De pronto siente como le quitan las amarras que mantenían sus manos cautivas, nuevamente la desesperación surge, como una mordedura de perro. Le quitan las vendas y mordaza, le cuesta mucho abrir los ojos. Escucha una voz que le susurra: Vamos, tenemos que escapar. Él sigue maquinalmente la voz. Cuando al fin puede abrir los ojos, no puede creer lo que observa: un mar de cuerpos amontonados en todo el espacio, eran cuerpos en total desorden, con una marca en el pecho o en el cuello. La tierra del piso teñida de rojo, y un olor a muerte y desolación. Las lágrimas fluyen sin control. No le duele nada.

Más tarde, Freddy Lala contaría a sus rescatistas, cómo caminó por varias horas hasta llegar a un poblado, donde nadie quería ayudarle al verlo bañado en sangre y lodo. Luego contaría cómo la muerte se asomó y le agarró fuerte, pero pudo escapar.  Ya nunca más intentaría regresar al norte, a ella

©Patricio Sarmiento Reinoso

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