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El Pacto (microcuento)

Él pasó sus dedos por el filo de su pantalón, como queriendo remendar sus arrugas, luego se ajustó la camisa, introduciendo la parte inferior dentro del pantalón. Se alisó el cabello hacia atrás con las palmas de las manos y sintió una gran vacuidad en el alma al mirarla aun desnuda en el borde de la cama. Terminó calzándose.

Salió a la calle apresuradamente. Dentro, ella se quedó en silencio contando el dinero pactado…

© Patricio Sarmiento Reinoso

 

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Dignidad (micro)

Se enteró de su traición, lo dedujo de a poco. Esperó el momento preciso y le increpó fuerte, pero no violento. Ella lo miró con desdén, como sintiéndose liberada de una carga, no lo negó.

Cuando él intuyó que lo iba a dejar, le pidió perdón por descubrirla.

©Patricio Sarmiento Reinoso


El Reencuentro

El hombre salió de su auto, dando gracias que por fin se alejaba de ese tráfico infernal, empezó a caminar, sobrio, ausente, silente, como lo hacía cada mañana, a esas mismas horas, por ese mismo lugar, de la mano de la rutina. Al llegar a la esquina, creyó reconocer a una antigua amante al otro lado de la transitada calle, miró el semáforo que acababa de cambiar de color, notó un leve cosquilleo en las manos, eran síntomas de que le sudaban.

Los segundos se tornaban eternos, allí, parado, esperando un cambio de humor en el día. Una leve taquicardia de antaño se dio cita en su cansado corazón. Mientras esperaba el permiso del semáforo para correr hacia ella y saludarla, vinieron de golpe a su mente toda una oleada de recuerdos en forma de imágenes en blanco y negro, que le hicieron retumbar las sienes. La perdió de vista entre el gentío. Se alzó de puntas para divisarla. No lo logró…

Apenas pudo cruzar, corrió al lugar donde la había visto. Desde allí volvió a reconocer su figura unos metros más adelante, perdida entre un bosque de cuerpos. Cuando quiso llamarla, se percató que había olvidado su nombre, entonces se dio cuenta que era inútil el reencuentro.

© Patricio Sarmiento Reinoso

derechos reservados de autor: Patricio Sarmiento

Presagio (microcuento)

Los muchachos recibieron la orden del capitán: ¡Tienen que ir a barrer minas! Se dieron cuenta de inmediato que el equipo que los precedió no volverá, nadie volvía. Se cuadraron en posición de firmes, llevando su diestra con la palma extendida hacia su cabeza. ¡A la orden mi capitán! Un escalofrío intenso les recorrió la espalda, pese al calor que imperaba la selva. Partieron de inmediato.

 Cuando llegaron al sector era pasado el medio día, el calor era insoportable, pero llevaban todo el pesado equipo, y su ropa de camuflaje. Se miraron con el temor contenido en los ojos antes de dar su primer paso. Se dividieron en hileras paralelas, dispuestas a cinco metros del siguiente soldado. El más antiguo iba adelante del grupo y en la parte central, el resto lo seguía de cerca, conformando un verdadero triángulo en aquel campo de muerte.  Por delante llevaban unos palos largos, con una especie de cepillo en las puntas, algo muy parecido a una escoba, iban como tanteando el suelo.

 El sudor, les difuminaba la visión, pero sus sentidos permanecían alertas, escuchando, tanteando, con el corazón en precipitada carrera.

 Algunos, iban quedándose, se sentaban lentamente, cuando la mina era identificada, y procedían a limpiar su contorno, para poco a poco ir desenterrándola, liberándola de su prisión, liberándola para que no pueda matar.

 Cuando dio el paso, sintió como si el terreno cediera bajo su pie, escuchó ese clic que jamás hubiera querido escuchar. El joven recluta pensó automáticamente en su madre, aquella mujer que en ese preciso momento debía encontrarse tejiendo un suéter para él a kilómetros de distancia. Recordó que era el día de la madre, y que no pudo ni siquiera llamarla, recordó que estaba en guerra y había perdido a su hermano. Todo lo recordó en esa infinitésima parte de tiempo en que duró aquel clic, antes de sentir como una especie de fuego que parecía provenir de su interior. Un incendio sin llamas, un silencio, una oscuridad que inflama.

 Al otro lado del océano, en el preciso momento de la explosión, la madre deja caer angustiada sus viejos palillos de tejer, se lleva la mano al pecho y solloza: No, mi otro hijo …

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

Este cuento está basado en la canción de Silvio Rodríguez: Madre, que Silvio la escribió un Día de las madres a los muchachos vietnamitas, quienes trataban de desactivar Minas en Hài Phòng, pero ellos usaban una escoba para barrerlas y explotaban con ellas conforme las barrían…

Presagio de Patricio Sarmiento Reinoso
Narración y voz: Sandra Martines
Producción: Miguel Andrade



Madre (Silvio Rodriguez)

Madre, en tu día, no dejamos de mandarte nuestro amor.

Madre, en tu día, con las vidas construimos tu canción.

Madre, que tu nostalgia se vuelva el odio más feroz.

Madre, necesitamos de tu arroz.

Madre, ya no estés triste, la primavera volverá,

madre, con la palabra libertad.

Madre, los que no estemos  para cantarte esta canción,

madre, recuerda que fue por tu amor.

Madre, en tu día, —Madre Patria y Madre Revolución—,

madre, en tu día,

tus muchachos barren minas de Hài Phòng

derechos reservados de autor: Patricio Sarmiento

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