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Quiero abrazarme a tu nombre

¿Cuánto fuego encierra tu nombre? Eres signo primero o resuello inverosímil que pinta con sonidos de luz, aquel camino salvaje hacia las estelas de tu pelo.

 Quiero abrazarme a tu nombre de arena, y pesar los sentidos que amanecen junto a ti. Quiero poder dar forma a mis agrietadas manos instaurando en ellas tu cuerpo, y beber la lluvia pequeña desde la comisura desnuda de tus labios.

 Tu nombre es como tú: es transparencia que sabe a frontera o aurora que arde. Tu nombre se imprime en el nimbo del viento, por eso es arcilla y raíz, llama que tiñe mi cuerpo con el color irascible de tus besos.

 ¿Cuántos versos encierran tu nombre?  Los justos: Lucía.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso

derechos reservados de autor: Patricio Sarmiento


no recuerdo tu nombre

No recuerdo tu nombre, sin embargo, aún concurren tus gritos o luciérnagas, que estampan las calles y los filos de las ventanas. Eres como una grieta clandestina, una voz que poco a poco se come las palabras, tirando los retazos de aquel amanecer, hasta las profundidades lóbregas de un  ayer emancipado.

Recuerdo que fuiste y que fui, traslúcido grito de asfixia y piel, nave serena que esgrime cuchillas y temores, que tizna los colores de un mar desafinado, para enfilarte el rostro o la existencia, y hace relinchar al espanto o las piedras blancas que habitan en tu boca.

Tu nombre es espejismo o vendaval, una sombra impregnada de salmuera y olimpo, un postigo adherido al orificio nocturno de tu piel, que proyecta cual sumisa enredadera, sus vientos de  auroras ponientes.

No recuerdo tu nombre, sin embargo lo escribo…

©Patricio Sarmiento Reinoso


tu nombre

En torno al mar clavo tu nombre, ese que se enreda en un grito mudo con sabor a campana, aquel que tendía raíces de fuego en nevada sentencia, el que instalaba su encaje de piel en lontananza.

 

Bajo las sombras de clavicordios perdidos o espejos, tu nombre suplica y se evapora, como nísperos que florecen horas de piedra y perfume, e insisten en pintar con ladridos de hueso, el mango del puñal crucificado.

 

La noche es una mueca clandestina, una torpe interpretación de una muralla, un destello opaco de besos, como si un martes de sal se rompiera, y regara sus gotas en la dúplice voracidad de la mañana.

 

En torno a la lluvia sucumbe tu nombre, un clavo en el fondo del mar lo encadena.

 

©Patricio Sarmiento Reinoso



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