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ADIÓS JOSÉ

En 1998 me encontraba en Zapotillo, y trabajaba como fiscalizador en un proyecto de riego en ese pequeño y alegre poblado lojano. Mi jefe inmediato: Roque Proaño, Ingeniero Geológico de profesión y lector consumado por vocación, me insertó en el mundo de José Saramago y de su literatura tan exclusiva. Estaba leyendo “El Evangelio Según Jesucristo”, obra con la cual ese mismo año lo llevó a ganar el premio más codiciado por los escritores: El Nobel de Literatura. Me llamó la atención de entrada, por la descripción en cinco hojas que le hace a una plumilla incrustada al inicio del libro, una estampa de Jesucristo en la cruz, rodeado de ángeles tristes y soles gemelos y las Marías, detallando de forma tan poética hasta el más mínimo detalle expuesto en el gráfico. Yo tenía que leer el texto y volver a ver la figura, para plasmar con mis propios sentidos visuales, lo que dictaba su corazón de escritor. Luego fue sumirme en un mundo de figuras asombrosas y exquisitas, los personajes bíblicos, la otra historia de Cristo, visto desde su perspectiva de hombre, una historia llena de imaginación y de ironía. Su forma de escribir, tan inusual, como los diálogos separados por comas, fueron un punto adicional para que me integre a su obra y su mensaje, y supe que el premio Nobel fue entregado a la persona justa.

Luego me invadió la pasión por leer todo lo que podía de él, (Como me ha pasado con varios grandes de la literatura como García Márquez e Isabel Allende entre otros), y no pude dejar de devorar “El Ensayo sobre la ceguera”, “La balsa de piedra”, “El hombre duplicado” y “La caverna”, todos con ese matiz propio característico de él.

Saramago se alejaba del prospecto común de escritor, y de aquellas ideas y clichés mediáticos. Refería historias de esperanza, y se consolidó como uno de los más grandes y aclamados literatos del siglo XX, aprovechando su escenario para denunciar las injusticias, colocándose junto al más débil, junto al más pobre y necesitado. Su filosofía fue censurada por la cerrada sociedad que no entendía el mensaje de cambio que promulgaba. Frases como: “Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El arrepentimiento mejor, es sencillamente cambiar “, debería ser el puntal de muchos políticos que ahora se encuentran dirigiendo el mundo.

Hoy deja un vacío en la historia, en la literatura y en corazón de miles de seguidores que lo respetábamos y admirábamos por su inmensa e intensa obra. Su legado es enorme y nos toca a nosotros transmitirlo a futuras generaciones. Adiós al maestro, al escritor, al hombre…

©Patricio Sarmiento Reinoso

Cuenca, Junio 18 de 2010

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